Doble ración de arte japonés en Valladolid

Dos exposiciones sobre arte japonés, bien merece una visita a cualquier ciudad, en este caso, Valladolid, en las salas de las Francesas y del Museo de la Pasión el pasado mes de noviembre.

En el interior de sendas iglesias desacralizadas, separadas por no más de 500m., se presentaron dos muestras tan lejanas y, a la vez, tan cercanas entre sí: el postpop japonés -capitaneados por el Superflat de Murakami y la factoría Kai Kai Kiki- y el arte sobre el teatro Noh. En su aparente contraste, es precisamente Murakami quien ejerce de bisagra entre ambas exposiciones, pues su formación en nihonga -arte japonés tradicional- hace que sus piezas, aunque de gran actualidad técnica, escondan pedazos de historia del arte japonés tanto en aspectos formales como conceptuales.

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Arriba. Takashi Murakami, tres versiones de Daruma. 2008.  Abajo. Hokumeisenshi, Daruma. Periodo Edo.

 Japan Now, Sala de las Francesas

Lo primero que destaca de la exposición es el interior de la iglesia, que conserva intacta su estructura original con la única salvedad de que han quitado los bancos y el altar. En este contexto de recogimiento y silencio, resalta como una explosión el colorismo y la vivacidad de las primeras piezas de Takashi Murakami, que dan la bienvenida a la muestra.

La exposición se queda pequeña, ya que 3 ó 4 obras por artista, excepto Murakami, sobre un tema tan vasto como el Superflat, no permite abacar el significado ni la relevancia que tiene en Japón. Es más, se incluye otros artistas como Yoshitomo Nara que en absoluto está vinculado a ello lo que, para un visitante que no sepa mucho sobre el tema y no esté muy atento a los paneles explicativos, llevaría a esta confusión. Lo que sí es interesante es que de los 8 artistas, 5 son prácticamente desconocidos en Occidente, por lo que es un soplo de aire fresco y se difumina de la exposición la sensación de estar ante lo mismo de siempre cuando se trata de arte contemporáneo japonés. Es más, descubrir en España la obra de Akane Koide (Tokyo, 1991) o Chinatsu Ban (1973) es un privilegio.

Japan Now. Akane Koide

Vista de las obras de Akane Koide.

Hacer comprender el arte actual japonés y, en concreto, el Superflat, comparando Kai Kai Kiki y a Murakami directamente con Warhol y el Pop se hace muy difícil: simplifica, explicando solo la influencia estadounidense en la cultura y la sociedad japonesa, el complejo y -frecuentemente- contradictorio modo de vida nipón y todo lo que conlleva omitir los siglos de historia que hay detrás y que aún tienen un peso capital en la población. Falta incidir en aspectos como la tremenda influencia del manga y el anime; la presencia del Nihon-ga en la formación artística; la actualidad de la tradición cultural y religiosa entre los “supertecnológicos” japoneses; la relación amor-odio del japonés con la cultura estadounidense, etc. Por si fuera poco, los textos de los paneles, aunque interesantes, contenían tantas faltas de coherencia, ortografía y errores de traducción que uno terminaba con una sensación a caballo entre la frustración y el enfado y optaba por informarse por su cuenta sobre los artistas.

Japan Now

Japan Now. Vista general de la exposición.

El elogio del silencio. Teatro Noh en la sala del Museo de la Pasión.

El teatro Noh ( Nō), aunque ya existía, no es hasta el s. XIV cuando toma la estructura que todos conocemos y se populariza. El Heike y el Genji Monogatari son las grandes fuentes literarias de las que bebe el Noh, que se basa fundamentalmente en el drama -excepto una pieza de kyōgen o comedia/sátira que se realiza a mitad de función-.

El rasgo más identificable del teatro clásico japonés es la extrema sobriedad de la decoración del escenario, llegando a veces a ser inexistente, y el uso de la máscara en los actores. Todo ello recibe una enorme influencia del budismo zen. En el Noh, el movimiento lo es todo: a través de gestos pausados pero constantes, los actores desprenden una espiritualidad, armonía y elegancia que deja al espectador hechizado. Sin embargo, y a diferencia del Kabuki, en el Noh no se da toda la información al espectador, sino que debe reconstruir mentalmente un contexto, un paisaje, una estancia e, incluso, una situación.

Esta exposición -cuyo título alude al Elogio de la Sombra de Tanizaki, que habla largo y tendido sobre el Noh, el Kabuki y el Bunraku- presentaba, a través del arte, las características básicas del Noh, sus géneros y personajes más recurrentes y, por supuesto, las escenas más representativas. La técnica más empleada para ello es el nishiki-e, una forma de xilografía, y el autor más destacado, Tsukioka Kōgyo, a quien se dedicó todo el piso superior de la sala. Aunque los textos explicativos -por una parte necesarios para comprender la complejidad de actores y géneros del teatro- son constantes y largos con la consecuente interrupción de la observación para leer de qué se trata, la exposición rezumaba el mismo aire solemne que una obra de teatro clásico nipón. Si se hubiera podido adaptar, el espacio de la Sala de las Francesas habría magnificado aún más ese silencio del título, ya que, salvo por la fachada, uno se olvida que está en el interior de lo que fue un templo.

No obstante, la visita mereció la pena por la reunión de tantos kakejiku de tanta calidad y en tan buen estado de conservación en una misma sala. Las figuras parecían sobresalir de los soportes gracias a los fondos neutros (recurso que más tarde aprovecharán, precisamente, Murakami y otros artistas japoneses actuales) y, en el piso superior, la vista se entretenía en las complejas y detalladas escenas de Kōgyo que hacían que se perdiera la noción del tiempo. Cuando se acabó de ver la exposición, quedó una sensación de saturación de conocimiento e información a la par que curiosidad por profundizar en esta forma de teatro tan poco vista en España.

Gracias a la simultaneidad de estas dos exposiciones tan distintas en apariencia, los no versados en el arte japonés han podido ver que, a pesar del paso de los siglos y la evolución en las técnicas y los materiales, los artistas nipones actuales miran, y mucho, a su pasado. Si diera la circunstancia de tener más a menudo exposiciones como estas aplicadas al arte occidental, con obras con paralelismos tan evidentes que se relacionaran dos exposiciones situadas en dos espacios expositivos diferentes aunque no muy lejanos entre sí,  es posible que el público general comenzara a cambiar poco a poco su visión del arte de nuestros días.

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