El misterio (resuelto) de Carsten Höller

Quería hacer muchas cosas estas Navidades, pero, al final, poco he hecho de lo planeado. Como aún no han terminado en España, puedo hacer una de ellas. Aunque la intención era escribir la última entrada del 2014, al final será la primera de 2015. En este caso no ha sido la falta de tiempo, sino de oportunidad y, al parecer, mala puntería. El tema eran las luces, enganchar las luces de Navidad de Santander con la instalación que Carsten Höller (Bélgica, 1961) inauguró el día 19 en los Jardines de Pereda, ahora extensión verde del inciertamente futuro Centro Botín -ya no se mojan con fechas concretas y los problemas de la fachada parece que van para largo-.

Leí en la web de la prensa local, desde mi lejanía, un artículo algo confuso sobre la instalación: daba datos vagos y se centraban en la importante trayectoria del artista, la importancia para Santander, y demás etcéteras propagandísticos. Tuve que ir a la web del Centro Botín para enterarme de algo más, aunque lo que supuestamente tenía que ver y cómo no quedaba demasiado claro. Allí, por su parte, la respuesta de mi familia y amigos era el desconocimiento parcial o total de la instalación. Muy bien, la emigrada explicando a los de ‘casa’ lo que ocurre en la propia ciudad. Siento decir que algo falla en la comunicación instituciones-ciudadanos si ni tan siquiera les suena que han inaugurado ‘algo’ en x lugar.

En pocas palabras: yo que me esperaba un tobogán, un arco de luz tan característicos de Höller, me encontré con que las luces de los Jardines vibrarían a 7’8Hz, durante 3 minutos. La instalación del mismo nombre se repetiría a diario durante las horas en las que el alumbrado público está encendido. ¿Y por qué 7’8Hz? Se conoce como Vibración Schumann, que corresponde a la onda de recepción del magnetismo de la Tierra, o las ondas cerebrales.

Llegué por fin, y en mi primera visita, nada. Cero. Ni rastro de Carsten Höller ni de pista alguna que me dijera dónde era o empezaba la instalación. Pensé que era demasiado pronto y lo dejé para otro día.

El siguiente intento fue una pasada rápida a medianoche. Así, sin otros eventos navideños de por medio ni exceso de gente. Agua. Otra vez me fui sin ver nada.

Tercer intento. Esperar 10 minutos de reloj. Que siga sin ocurrir nada. Con apenas 5ºC y una humedad del carajo es complicado quedarse más tiempo sin indicios de hipotermia. Para casa.

Último día. Último intento. Aproximadamente después de 15-20 min de espera, o lo que pareció una eternidad, comenzó a vibrar una farola del parque, unos segundos más tarde, otra, otra más, toda la zona de juegos. Después llegó donde yo estaba y la sensación formar parte de un zoótropo se apoderó de mí, a mis acompañantes, les recordaba a la luz estroboscópica. Nos dio una especie de risa nerviosa al ver que ya no solo veíamos a fracciones nuestros movimientos, sino todo lo que ocurría en el parque. Cuando menos nos lo esperábamos, la ‘ilusión’ desapareció y nosotros volvimos a la normalidad, pero en el fondo, queríamos repetir la experiencia. Y lo haré, pero cuando vuelva por el Norte. Y esta vez probaré 7’8Hz en movimiento poniendo a prueba mi sensible estómago.

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