Lo reciente también cuenta

601420_10150883359422909_380990249_nLa gran mayoría no lo tiene en cuenta, muchos no lo considerarían de valor, pero hay momentos en los que los objetos de tiempos recientes tienen su valor y merece la pena su conservación. Objetos de hace más de 30 años, de uso cotidiano, pero que hoy ya es muy raro su uso, fotografías personales antiguas, muebles, etc., son, en ocasiones, muy tenidos en cuenta por el contexto en el que se hallan. Son objetos que cuentan la vida de personas, hablan sobre la historia de un edificio histórico, sobre nuestra propia evolución como ser humano.

Desmantelar y limpiar un edificio abandonado, además de piezas de valor, permiten encontrar esas pequeñas cosas que te hacen sonreír porque te recuerdan algo que viviste hace mucho tiempo. Son estas pequeñas cosas con valor sentimental las que, a veces, merecen un sitio en un almacén junto con piezas de hace dos o tres siglos, de materiales nobles que, si no vuelven a su lugar original, es posible que acaben en algún museo de artes populares. Un apagavelas del principios del siglo pasado, no tiene tantas papeletas, pero aun así, puede tener su papel para explicar la vida en un convento o en un hogar de ancianos.

Este es el caso que me ha tocado a mí vivir y trabajar, juguetes, trabajos manuales, camas, fotografías, gafas, e incluso dentaduras postizas de la segunda mitad del siglo XX fueron encontradas en las estancias de Las Convertidas (sin mencionar la larga lista de objetos anteriores a estas fechas y que se remontan al origen del lugar); un edificio del siglo XVII de Braga que comenzó siendo el hogar de las prostitutas reformadas en un régimen de clausura absoluta (aún conserva la rola de la entrada en muy buen estado, así como la separación para que asistieran a misa sin que fueran vistas en la capilla pública del edificio), y que acabó siendo, hasta hace 20 años, un hogar de ancianas. Es en este momento, cuando comienza el papel de estos pequeños objetos que normalmente tiraríamos a la basura. Cuentan la historia de estas mujeres y, por tanto, del edificio en sí: cómo vivían, en qué ocupaban su tiempo libre, sus costumbres, su religiosidad, incluso viajes o acerca de sus familias.

Es posible que ahora este aparentemente insignificante conjunto de objetos de uso personal y/o diario, no parezca gran cosa, pero en unas décadas -y esta también ha sido una de las razones de su conservación- sí sea importante para comprender de forma antropológica, etnográfica y, por qué no, histórica, la vida y la cultura popular del siglo XX.

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