Poniendo números a la Cultura

Estos días, ha trascendido en medios las conclusiones del Observatorio de la Cultura del último baremo realizado. No hace falta decir que estos datos son obtenidos consultando a especialistas en diferentes campos de la cultura. Madrid, aunque ha bajado en su registro en términos generales, es líder en todos los campos cuestionados y, mención especial a la meteórica subida de Málaga en el ranking de ciudades, tanto en innovación como en calidad de sus propuestas culturales.

Lo que ya no ha aparecido en las noticias es la segunda parte de la consulta; esas preguntas que varían cada vez y que, en esta ocasión, se centró en la iniciativa cultural privada. Tampoco destacan que la Gastronomía es el sector cultural que más repercusión internacional tiene, que además se considera que es la que mejor momento de creación está pasando (pensemos en la presencia de Ferrán Adriá en ARCO). El cine, el teatro y la música (sobre todo la popular) tienen los peores números. Las artes plásticas salen con un aprobado raspado y el videoarte aún no ha despegado en España. Vamos, que nos conocen por el gusto más que por la vista. Con una excepción, el valor seguro de la literatura.

Esa segunda parte, en la que responden de 1 a 5 a una serie de cuestiones no es sino un reflejo de ciertas contradicciones que se dan en el mundo cultural:

Existe un total consenso a “desarrollar una ley de mecenazgo ambiciosa que incentive un aumento significativo de la inversión privada en la cultura”, considerándola vital para el sector, pero se habla de un peligro de aburguesamiento y predominio de los grandes nombres y eventos, así como del temor de que finalmente no se apruebe o que no sea lo que se promete, en la línea con la escasa implicación del gobierno con la cultura, también que hay que concienciar a la sociedad en el mecenazgo. Sin embargo, cuando se habla de  “encomendar la gestión de programas o espacios culturales públicos a organizaciones privadas”, con una mayoría que opina que hay que analizar los pros y contras, se menciona una “banalización de la programación y ‘espectacularizar’ la cultura”. Si inversión privada no porque se aburguesa la cultura, pero empresas culturales tampoco porque la banalizan, ¿cuál es entonces la solución? Parece ser que la cooperación ya que a “fomentar la coproducción de actividades entre organizaciones culturales públicas y privadas”, más del 50% de las respuestas se encuentran entre que es algo vital y que daría resultados interesantes, pero dando prioridad a lo público y a los profesionales culturales, así como se reconocen los recelos entre sendos ámbitos. Finalmente, sopesar ventajas e inconvenientes es la opinión general a la cuestión de “aportar financiación pública a iniciativas culturales privadas que contribuyan a sus objetivos institucionales de una forma eficaz”; aquí ya se habla de clientelismo y supeditar la rentabilidad económica al interés general.
En resumen, lo privado sí, pero controlado. A pesar de reconocer los recelos por ambas partes, las mentes siguen en ese modelo mediterráneo de grandes instituciones públicas financiadas por dinero público, que, como se dice en las reflexiones extraídas, es propio de un país en el que la noción mecenazgo privado por parte de la sociedad de las grandes instituciones no existe, teniéndolas como un servicio más que ofrece el estado, sumado a la exigencia de una cultura gratuita o de precio simbólico y la consecuente dependencia de la subvención pública(a cuánta gente he podido oír quejarse de los precios de los grandes contenedores culturales, ej. El Prado).

No hace falta buscar en grandes empresas privadas las colaboraciones con instituciones públicas o que viven de lo público ahora que las redes sociales hacen visible los pequeños colectivos (o emprendedores culturales individuales) con proyección y sus prometedores proyectos, solo hay que buscar un poco y estar atentos a otras páginas que no son las de los periódicos. Solo hace falta ver cómo grandes instituciones como ARCO o LABoral han sabido encontrar en las redes grandes profesionales de calidad con los que colaboran sin que todas esos tradicionales prejuicios emborronen los buenos resultados. Lo que hace falta es diálogo y, sobre todo, apertura de mentes para adaptarse a las nuevas tendencias culturales que están haciéndose un hueco poco a poco.

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