Berlín, el peso de la historia

Siempre me pregunté cómo me sentiría en una gran ciudad con historia. La respuesta llegó, o eso creía, cuando hace ya 8 años fui a Roma. Sentir en los pies, a cada paso más de 2000 años de historia, la base de nuestra cultura, pensar “por aquí mismo estuvo pisando Julio Cesar, Miguel Ángel, e incluso Mussolini (historia para lo bueno y para lo malo). Roma es una ciudad intensa, cuyo peso se nota en la densidad de lugares, monumentos y restos arqueológicos que nunca acabas de visitar aun yendo una decena de veces. Sin embargo, hay otra ciudad europea, sin tanta pompa histórica en cuanto a extensión cronológica, por la que he sentido eso mismo; Berlín. Cinco días han bastando para notar que los 200 últimos años de historia han sido tan densos como los 2000 de Roma, sobre todo concentrados en los últimos 100 años.

La Segunda Guerra Mundial, sobre todo, está latente en cada esquina, cada edificio y, prácticamente cada rostro que uno se cruza al pasear la ciudad. Después de casi 70 años, aún se recupera de los daños estructurales, físicos, mentales y morales que conllevó la mayor contienda bélica de la historia. No hay edificio previo a la guerra sin las cicatrices de las bombas y la metralla en sus fachadas, las heridas internas en la arquitectura y el urbanismo se traducen en las numerosas tuberías que con alegres colores sortean las calles. Y los monumentos; el daño que un sector alemán ocasionó a sus congéneres no ha sanado, pero queda la concienciación, el reconocimiento a los caídos, a los discriminados y a todo aquel afectado por el Tercer Reich, sus actos y sus consecuencias. El exterminio judío (y de homosexuales, enfermos, discapacitados, o cualquier otro no considerado digno de ser ario) está presente, muy presente, en monumentos y museos, latente en la gente. En Berlín, la historia está a la vista para aprender de ella, para no caer en los mismos errores -y horrores-. El muro, objeto de deseo de cualquier turista (me incluyo), es también un recuerdo de lo que se convirtió la ciudad en la postguerra; la ruptura física de una ciudad casi en ruinas de la noche a la mañana, familias separadas durante toda una vida por una pared de varios metros de altura.

Y sin embargo, Berlín es una ciudad vitalista, de una actividad prodigiosa, en la que la elegancia de los enormes edificios decimonónicos (muchos de ellos reconstruidos a imagen y semejanza del original) contrasta y se complementa con el aire industrial del hierro forjado; los puentes, las líneas de tren y metro que cruzan su casco urbano, el ladrillo visto tan empleado y, sobre todo, con la presencia del street art a cada paso que se dé o a cada lugar que se mire del suelo a los tejados. Todo ello sin despreciar los diseños arquitectónicos más vanguardistas y de corriente ecológica que van complementando sus barrios, los cuales se encajan en el urbanismo sin desentonar.

Berlín es una ciudad de tradición, evolución en innovación, que sí mira atrás y cuya desbordante creatividad es permitida allá donde exista un creador o una buena idea. Mucho he visto y mucho más he sentido en esta ciudad que me ha encandilado y que, espero volver para desentrañar todos sus secretos.

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