A vueltas con el crowdfunding. Etapa final.

Hace un par de semanas se realizó #cultura18 en torno al Crowdfunding. A raíz del texto que tuve que realizar para su blog –la idea fue mía, así que a mí me tocó redactar y ponerlo bonito- pude profundizar un poquito más en esta tendencia que con el momento de Crisis –sí, con mayúscula, porque no solo es económica o política- se está convirtiendo en un filón. Así que, coincidiendo que supuso la vuelta de #cultura18 a la actividad y que el elegido fue el tema sugerido por mí, he pensado que un post aquí sobre el mismo tema cerraría el círculo y reiniciaría mi actividad bloguera, que ya era hora.

Tengo que decir que desde comienzos del año pasado, la palabra crowdfunding o financiación colectiva, ha pasado de ser una mención de algo desconocido y de necesaria explicación, a una palabra que leo o escucho de forma casi continua y que parece que todo el mundo conoce.

El crowdfunding no es algo nuevo ni americano. Ya se conocían por estos lares hace décadas, aunque no de forma tan definida como hoy en día, propuestas para costearse la publicación de un disco o películas. Sin ir más lejos, desde hace unos tres siglos, los chinos, por ejemplo, empleaban la técnica de financiación colectiva para poder iniciar una nueva vida en Estados Unidos. Esto sucedía gracias a que se agrupaban en colectivos para apoyarse mutuamente. ¿A alguno le suena ese sistema? Es exactamente el mismo que se practicó durante parte de la edad media y la Edad Moderna europea para que los gremios pudieran subsistir y autoabastecerse, solo que eran conocidos como cofradías. Una especie de “hoy por ti, mañana por mí”. La diferencia de todo esto, con el antiguo y ya desaparecido sistema de donaciones, es que ya no es altruista –el “donante” recibe algún tipo de reconocimiento a cambio-, ni local –Internet entra aquí con un papel protagonista-, ni las personas que lo donan conocen al solicitante y es posible que ni tan siquiera formen parte de la misma categoría de trabajo.

Internet, tan bueno como malo, ha convertido el crowdfunding en un nuevo mecenas colectivo y minoritario en la mayoría de los casos, que colaboran simplemente por empatía por el proyecto –muchas veces puede que ni tan siquiera piensen en la viabilidad real-. Es posible también, que la vanidad del ser humano al ver reconocida su colaboración en forma de créditos, agradecimientos y un largo etcétera, vea en el crowdfunding una forma de hacer su nombre y su persona visible. Sin embargo, para los pequeños proyectos marginados por los diferentes organismos a nivel estatal, regional o local, es la mejor vía de escape; el lugar donde, con un buen planteamiento, puedan sacar una buena idea adelante. La crisis hace casi inviable conseguir patrocinadores si no se tiene un nombre y un importante historial a las espaldas, sin embargo, conseguir muchos patrocinadores que echen un cable no es tan difícil si les engancha el concepto o la puesta en escena (o la recompensa, seamos realistas). En cultura estamos muy necesitados de nuevos proyectos, y la financiación colectiva se está convirtiendo en un verdadero balón de oxígenos que esperemos no se convierta en una nueva burbuja ni “adicción” como la que ya existía a las subvenciones antes de que estas desaparecieran del mapa casi en su totalidad.

El furor con el  que está siendo acogido esta modo de financiación, el temor que surge es su banalización; el emplearlo para cualquier cosa disfrazado de palabras bonitas y adornos.  Esperemos que esa cierta inocencia y utopismo que posee el crowdfunding no desaparezca con su masificación.

Como complemento, dejo la intro al crowdfunding que escribí para #Cultura18.

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2 respuestas a A vueltas con el crowdfunding. Etapa final.

  1. Para mí también el crowdfunding ha pasado de ser un “palabro” a ser un concepto recurrente. Aunque ya existieran precedentes creo que Internet le da al crowdfunding una dimensión radicalmente nueva, con un potencial brutal.

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  2. Lo fascinante, para mi, es que mediante el crowdfunding sea una comunidad (cuyos miembros a veces ni se conocen) la que coordine sus fuerzas (casi sin saberlo) y determine qué proyectos culturales se financian.

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