House, o cómo una serie de médicos engancha

Hoy (mañana para nosotros) finaliza House; una serie que nos ha hecho adorar las series de médicos, o al menos esta como único caso aislado para la mayoría. A mí, personalmente, no son el género de serie que más me gusta precisamente, de hecho House lo recibí con reticencias. “¿Un médico borde? Eso no dura ni un telediario”, le dije a mi madre en una de las conferencias telefónicas desde mi Erasmus, aislada de la televisión totalmente. Sin embargo, volví y accedí después de varias tentaciones de mis padres a ver un capítulo.

Ver a Hugh Laurie ya provocó mi curiosidad; no se le dice no a uno de tus actores favoritos. Después descubrí a Wilson; el Job de la historia de la televisión. ¡Lo que ha llegado a aguantar sin mandarle a tomar vientos!

Esos son los enganches de House (además de la Vicodina); los personajes principales y en especial la relación House-Wilson. Por lo demás, la historia poco tiene que decir: persona que hace su vida vomita sangre de repente, por norma general, se desmaya o ambas cosas. También la sangre puede venir de los ojos o los oídos. El médico borde lo acepta a regañadientes y dejando alguna perla sangrante (nunca mejor dicho), se va a explotar a sus empleados. Creo que así desahogan su lado masoca y que su hipotético sueldo debe de ser descomunal. Tras experimentar todo tipo de tratamientos a distancia, a veces se digna a aparecer ante el paciente para soltarle alguna bordería (hay veces que necesita carne nueva con la que meterse) y vuelve a deducir enfermedades y tratamientos. Los TACs están malditos, las punciones lumbares también y siempre puede ser Lupus, Kawasaki o la enfermedad de Wilson, más tumores y cánceres varios. El médico borde acude a fingir que habla con su único amigo (pero en realidad va a meterse con él también), y descubre la solución como si de una epifanía se tratara. Pueden darse variantes, como no llegar a tiempo a curar al paciente, pero el esquema ha sido prácticamente el mismo durante las 8 temporadas que lleva en antena.Yo, a estas alturas, hago apuestas sobre qué irá ocurriendo a lo largo del capítulo; muchas veces gano.

Dicen que es un cabronazo (hablando mal y pronto), mi opinión es que no sabe afrontar sus problemas personales, ni la felicidad: miedo a ser feliz y casi un complejo de Peter Pan con tendencia violenta. Y sin embargo, ver al médico que ninguno querría tener nos engancha a todos sin remedio (quizás sean su ojos azules o su sonrisa traviesa, o las diversas formas que tiene de insultar hirientemente sin decir un solo taco). Hoy más que nunca. Saber qué ocurre con el médico antipático y antisocial, su amigo, sus empleados… Solo hay un personaje del que sabemos el final; el paciente.

Aunque a los españoles aún nos queden unas semanas, hasta siempre, Dr. House.

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