El Enviado

El frío hiela sus huesos, la nieve entorpece la travesía, la profunda herida le debilita. La sangre sobre la nieve se observa en la distancia. Sin camino que seguir, escudriña el cielo encapotado para intentar vislumbrar la luz que le guíe a su destino. Debe llegar al poblado, pero incluso las gruesas pieles que porta no sirven de mucho debido a la ventisca. Al divisar una oquedad, decide aguardar a que amaine; taponar la herida es primordial, pero imposible. El olor a sangre ha atraído a una compañía non grata, tenaz, a la espera de su fin. Tensar el arco o blandir la broncínea espada constituye demasiado esfuerzo. Pide a los espíritus que otro llegue con el mensaje pronto; la Madre Tierra le está reclamando tras los hocicos manchados de él. Imperturbable, prepara un improvisado ajuar, y cierra eternamente los ojos. Mientras tanto, ya se acercan…

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