Por soñar que no quede

Una de las cosas que peor se lleva siendo del norte y viviendo en el Sur, es que cuando uno está acostumbrado a trabajar en casa con la calefacción puesta mientras afuera parece que está cayendo el diluvio, tener exceso de sol termina resultando contraproducente para la creatividad. Al menos ese es mi caso. Ver una nube despierta la vana esperanza de un aguacero -sobre todo este año- que no llega. Por eso, siempre queda el recuerdo de aquellos domingos con tintes de melancolía romántica que viví en mi tierruca natal:

Mientras la lluvia golpea la ventana, cierro los ojos para escuchar el rasgueo de la aguja sobre el vinilo bajo la música. Serena tarde de invierno acurrucada en el sillón, la manta arropándome y una canción antigua arrulla mi mente con un recurrente murmullo de agua cayendo. Los buenos tiempos afloran, vuelven los amigos, las tardes de risas y tonterías, un buen tiempo pasado al que a veces quisiera volver. La canción termina, el ronroneo del disco acaba y la lluvia ha cesado. Vuelvo a la realidad con una sonrisa en los labios; el siguiente disco me espera y una nueva aventura aguarda en mi mente.

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