Viento

Puedo pasar horas sentada en mi silla, relajada, mientras tomo un chocolate caliente, oyendo cómo ruge el viento al filtrarse en las ventanas, sintiendo esa brisa invisible y ese frescor que no sabes cómo ha podido penetrar en la habitación si está todo el piso cerrado. Los árboles se agitan con violencia y, sin embargo, no permiten que sus hojas caigan. Las nubes; unas blancas, otras grisáceas, se mueven rápido, haciendo carreras entre ellas a ver cuál pasa la ciudad primero. La ropa de los tendales se aferran a sus cuerdas para no volar y perder a su dueño, perdiendo así su frágil utilidad.

Salgo a la calle y compruebo que he abandonado mi caja de cristal; sombreros volados, paraguas rotos en el interior de las papeleras. Personas con prisa, sin ganas de detenerse; parejas serias sin ganas de hablar, de mirarse. Rostros malhumorados, desganados, cuyo único propósito es resguardarse y pasar la jornada lo más breve posible.

El viento, elemento poderoso, provoca tranquilidad en el refugio y enervación en la intemperie en el ser que cree que todo lo controla. Pero la Naturaleza es intocable, salvaje y rebelde a las condiciones impuestas por esa pequeña especie cuya soberbia es su motor y su ruina.

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